Caminito

Caminito, Buenos Aires
Fotografía por: Paula Andrea Ruíz 


Hoy con lágrimas en los ojos y el corazón reprimido, recuerdo aquella tarde en caminito, donde los colores y la alegría de la gente dibujaban para mí una triste despedida.
Sabores, sonidos y sensaciones jugaron en mí esa tarde de verano que esperaba un mañana otoñado, con hojas caídas. Con cada persona que hablaba sentía un adiós y con cada sonido se cortaba mi voz.
En un paseo por las calles que ya había recorrido en un tiempo atrás, cautivó mis oídos una melodía con olor a añejo y sentí paralizarme; al darme vuelta, me encontré con unas tablas, dos guitarras y un cantor. Sus miradas sobre mí me invitaban a quedarme, solo me dejé seducir por las letras y dejé que ese caminito empedrado me hiciera la mejor de las despedidas.
Al sentarme frente al arte, los acordes que Gardel nos dejó, empezaron a revivir y fue inevitable evadir el ruido y sentirme ahí, justo detrás de las letras; mis ojos empezaron a cosquillear y la copa que me acompañaba comenzó a decaer. Sensaciones, recuerdos, tristeza y desesperación, se escondían tras una sincera sonrisa que alentaba al tango para seguir sonando.

Para ese momento ya estaba fuera de mí, fuera de ello... fuera de mí.

Ahora pienso en los sabores de esos días y los recuerdo esta noche, con una amarga herencia que el sur dejó para mí; mis pensamientos como que desvarían y siento que mi alma ya no está, no me emociona nada y el sentimiento que allí permanece, se va desvaneciendo. Dejándome de nuevo en la nada.

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