El ruidoso hidalgo

Fotografía por: Alexandra García Quintero


En algún lugar de la magia, de cuyo nombre no quiero acordarme, habita un sentimiento de los que nunca son nombrados y de aquellos que temen ser descubiertos. En las noches, un silencio satisfactorio que invade el corazón; y en el día, el ruido de la avenida de en frente, contagia mi ser de ironía y de deseo por aquello que debe callar.
Cansada del ruido y de las palabras, sofocada por los graves, más que por los agudos, cubierta de ese polvo gris que a veces suele cubrir a la gran ciudad. Esta noche no hay motivos para sonreír, esta noche rompe con mi rutina silenciosa que me da la felicidad nocturna que cada día anhelo con ansias pero que hoy se ve perturbada por estruendos que vienen de cada rincón de la casa; estruendos, gritos, risas y silencios intermedios que anuncian un desamor.
Quisiera poner pausa a esta sensación, quisiera silenciar de una vez por todas este ruido intenso que perfora mi cerebro pero que me enseña a alinear mis pensamientos que juguetean y bailan al ritmo de el día, dejándome subdividida del alma, la razón y el cuerpo.
Es pues, de saber, que ese sentimiento que allí vive, se nutre con cada palabra pronunciada y con cada gesto que simula una avalancha de sensaciones sordas para los oídos de quien quiera escucharlas. . .

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